Fuente:
Extracto libro:
La Paradoja de la Elección - Barry Schwartz
Capitulo 3, pag 60
Elegir bien es difícil, y además la mayor parte de las decisiones
engloban varias y diferentes facetas. Al alquilar un apartamento, por
ejemplo, hay que tener en cuenta la zona, el tamaño, el estado de
conservación, la seguridad y el alquiler; a la hora de comprar un coche, la
seguridad, la fiabilidad, el consumo de gasolina, el estilo y el precio;
mientras que al elegir un empleo, serán el sueldo, la zona, las posibilidades
de ascenso, los compañeros de trabajo y la naturaleza del trabajo en sí lo
que uno valore antes de decidirse.
La mayor parte de las decisiones correctas implican los siguientes
pasos:
1. Marcarse una meta o metas.
2. Evaluar la importancia de cada meta.
3. Estudiar las opciones.
4. Evaluar cómo se ajusta cada una de las opciones a nuestras metas.
5. Elegir la opción adecuada.
6. Usar los resultados de la elección para modificar las metas, la
importancia que se les asigna y la forma en que se evalúan las
futuras posibilidades
Por ejemplo, después de alquilar un apartamento podemos descubrir que el
acceso a las zonas comerciales y el transporte público eran más importantes
de lo que habíamos pensado al firmar el contrato y que, en cambio, el
tamaño no importaba tanto. La siguiente vez sopesaremos estos factores de
forma diferente.
Incluso con un número limitado de opciones, llevar a cabo este proceso
puede ser una labor ardua. Al aumentar el número de opciones, el esfuerzo
necesario para tomar una decisión correcta también es mayor, motivo por el
cual la elección puede pasar de ser una bendición a ser una carga. Esto
explica por qué no siempre conseguimos tomar las decisiones de manera
eficaz.
Conocer nuestras metas
El proceso de marcarse metas y tomar decisiones empieza con la pregunta:
«¿Qué quiero?». De buenas a primeras, parece fácil de responder. A pesar
del cúmulo de información que existe en el mundo, es frecuente que nos
preguntemos «¿Qué quiero?» en un diálogo interno con nosotros mismos.
Pero saber lo que queremos significa, esencialmente, poder anticipar de
forma adecuada cómo nos van a afectar las elecciones que hagamos, tarea
nada fácil.
Cuando comemos en un restaurante, escuchamos música o vamos al
cine, la experiencia puede gustarnos o no. El modo en que nos afecte —para
bien o para mal— la comida, música o película en cuestión podría llamarse
«utilidad experimentada». Pero antes de llegar a tener realmente la
experiencia, hay que seleccionarla. Hay que elegir un restaurante, un disco
o una película, y nuestras elecciones dependen del modo en que esperamos
que nos afecte la experiencia. E decir, cada elección se basa en una
«utilidad pre-vista». Y una vez que se hayan conocido determinados
restauran-tes, discos o películas, las futuras decisiones se basarán en lo que
uno recuerde de estas pasadas experiencias, es decir, en su «utilidad
recordada». Decir que sabemos lo que queremos, por tanto, supone que se
implican estas tres utilidades: la utilidad prevista se equipara con la utilidad
experimentada, que a su vez queda fielmente reflejada en la utilidad
recordada. Sin embargo, el problema es que estas tres utilidades rara vez se
enlazan de manera tan perfecta.
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Extracto libro:
La Paradoja de la Elección - Barry Schwartz
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