Fuente:
Extracto libro:
La Paradoja de la Elección - Barry Schwartz
capitulo 4 pag 90
CUANDO SÓLO NOS CONFORMAMOS CON
LO MEJOR
Elegir sabiamente comienza con una comprensión clara de nuestros
objetivos. Y lo primero que hay que hacer es distinguir entre elegir lo mejor
de todo y elegir algo que sea suficientemente bueno.
Buscar v aceptar sólo lo mejor es «maximizar». Imaginemos que
queremos comprar un jersey. Acudimos a varios grandes almacenes y
boutiques y al cabo de una hora o así, encontramos un jersey que nos gusta:
el color es atractivo, la forma nos sienta bien y el tacto de la lana es suave.
El jersey cuesta 89 dólares. Estamos a punto de acercarnos a un empleado
para pagarlo cuando caemos en la cuenta de que una tienda cercana tiene
fama de vender calidad a buen precio. Volvemos a dejar el jersey en el
expositor, lo escondemos bajo un montón de jerseys de distinto tamaño
(para que nadie nos lo quite) y nos marchamos a la otra tienda.
Maximizar equivale a asegurarse de que cada compra o decisión ha sido
la mejor posible. Pero, ¿esto cómo puede saberse con certeza absoluta? La
única forma de saberlo es comprobar todas las alternativas. Un cliente
«maximizador» [maximizer] no puede estar seguro de haber encontrado el
mejor jersey sin mirar todos los jerseys disponibles; no puede asegurarse de
haber conseguido el mejor precio sin comprobar todos los precios
disponibles. Como estrategia de decisión, maximizar es una tarea difícil y
se va haciendo más difícil al aumentar el número de opciones.
La alternativa a maximizar es estar satisfecho o ser un «satisfactor»
[satisficer], lo que equivale a conformarse con algo suficientemente bueno
sin preocuparse por la posibilidad de que pueda existir algo mejor. Un
satisfactor tiene una serie de criterios y valores; emprende una búsqueda
hasta encontrar un objeto que reúna las condiciones necesarias y llegado ese
punto, se detiene. Al entrar en la primera tienda, en cuanto encuentra un
jersey que cumple sus requisitos de forma, calidad y precio, lo compra y no
hay más que hablar. No le preocupa la posibilidad de que existan mejores
jerseys o mejores precios a la vuelta de la esquina.
En cualquier caso, el maximizador absoluto no existe. Si tuviéramos
que mirar todos los jerseys de todas las tiendas, podríamos fardar toda una
vida en comprarnos uno. Lo importante es que los maximizadores aspiran a
conseguir esa meta. Por ello dedican una gran cantidad de tiempo y
esfuerzo a esa búsqueda, revisando las etiquetas, leyendo revistas de
orientación al consumidor y probando productos nuevos. Además, para su
desgracia, una vez que han tomado una decisión se obsesionan con las
opciones que no han tenido tiempo de investigar. Finalmente es probable
que obtengan menos satisfacción con sus exquisitas elecciones que los
satisfactores. Cuando la realidad obliga a un maximizador a comprometerse-—a terminar una búsqueda y decidirse de una vez—, le invade una enorme
aprensión por si se ha equivocado.
El maximizador cree que los satisfactores se conforman con la
mediocridad, pero no es así. Un satisfactor puede ser igual de exigente que
un maximizador. La diferencia entre ambos es que el satisfactor se
conforma por las buenas con lo simplemente excelente, sin aspirar a lo
mejor de lo mejor.
En mi opinión, maximizar como meta genera una enorme insatisfacción
y puede hacernos sufrir mucho, especialmente en un mundo que insiste en
ofrecernos un número abrumador de opciones, insignificantes y no tan
insignificantes.
Cuando el economista y psicólogo Herbert Simon —ganador del Premio
Nobel— introdujo en la década de 1950 la idea de «satisfacer» [satisficing],
estaba sugiriendo que al descomponer en factores todos los gastos (en
tiempo, dinero y esfuerzo), resulta que satisfacer es, de hecho, la estrategia
maximizadora. En otras palabras, a fin de cuentas lo mejor que podemos
hacer es satisfacer. Esta aguda afirmación de Simon es la base de muchas de
las estrategias que ofrezco para luchar contra la tiranía del exceso de
opciones.
Diferenciar entre maximizadores y satisfactores
Todos conocemos a personas que eligen rápida y eficazmente y personas
para las que casi cada decisión es un gran proyecto. Hace unos años, un
grupo de compañeros y yo nos propusimos preparar un cuestionario para
distinguir entre maximizar y satisfacer. Finalmente, desarrollamos una
encuesta con trece apartados.
Preguntábamos a los encuestados si estaban de acuerdo con cada
apartado, y cuanto más positiva fuera su respuesta, más maximizadores
resultaban ser. Sugiero al lector que lo haga. Se trata de escribir un número
del 1 (discrepancia absoluta) al 7 (acuerdo absoluto) junto a cada pregunta;
al final, se deben sumar las trece cifras. La puntuación puede rondar entre
un mínimo de 13 y un máximo de 91. Un total de 65 o más nos sitúa en el
extremo maximizador de la balanza; un total de 40 o menos nos sitúa en el
extremo satisfactor de la balanza.
El cuestionario se entregó a miles de personas. La puntuación más alta
fue de 75, la más baja de 25, y el promedio se situó en torno a 50.
Sorprendentemente, no hubo diferencias significativas entre los hombres y
las mujeres.
A continuación se enumeran los elementos de la escala, imaginando lo
que respondería un maximizador a cada pregunta
ESCALA DE MAXIMIZACIÓN
1. Siempre que me enfrento a una elección, intento plantearme
todas las posibilidades, incluso las no disponibles en ese momento.
2. Por mucho que me guste mi trabajo, es normal estar atento a la
posibilidad de que surjan nuevas oportunidades.
3. Cuando escucho la radio en el coche, suelo sintonizar otras emi-
soras para ver si ponen algo mejor, aunque esté relativamente
satisfecho con lo que estoy oyendo.
4. Siempre zapeo cuando veo la televisión, a menudo ojeando otros
canales aunque tenga la intención de ver un programa dado.
5. Con las relaciones sentimentales hago como con la ropa: me gusta
probarme mucha antes de decidirme por una prenda concreta.
6. A menudo me cuesta comprar un buen regalo a un amigo.
7. Alquilar una película me resulta muy difícil. Tardo mucho en dar
con la más adecuada.
8. Cuando voy de compras, me cuesta encontrar ropa que real-
mente me guste.
9. Me son muy útiles las listas que hacen una clasificación de cosas
(mejores películas, mejores cantantes, mejores deportistas, me-
jores novelas, etcétera).
10. Escribir me cuesta mucho, incluso aunque sólo se trate de escri-
bir una carta a un amigo, porque es muy dificil encontrar las pa-
labras justas. Siempre preparo varios borradores incluso de las
cosas más sencillas.
11. Haga lo que haga, soy muy estricto conmigo mismo.
12. Sólo me conformo con lo mejor.
13. A menudo fantaseo con vivir de un modo muy distinto al de mi
vida actual.
(Con el permiso de la American Psychological Association)
1. Siempre que me enfrento a una elección, intento plantearme todas
las posibilidades, incluso las no disponibles en ese momento. El
maximizador estaría de acuerdo. ¿Cómo puede saber que tiene «lo
mejor» sin considerar todas las alternativas? ¿Y todos los demás
jerseys disponibles en las demás tiendas?
2. Por mucho que me guste mi trabajo, es normal estar atento a la
posibilidad de que surjan nuevas oportunidades. Un «buen» trabajo
probablemente no sea el «mejor» trabajo. Aun maximizador siempre
le preocupa que pueda haber algo mejor y actúa en consecuencia.
3. Cuando escucho la radio en el coche, suelo sintonizar otras
emisoras para ver si ponen algo mejor, aunque esté relativamente
satisfecho con lo que estoy oyendo. Sí, al maximizador podrá
gustarle una canción dada, pero se trata de poder escuchar la mejor
canción, no conformarse con una que sea simplemente buena.
4. Siempre zapeo cuando veo la televisión, a menudo ojeando otros
canales aunque tenga la intención de ver un programa dado.
Igualmente, un maximizador busca no sólo un buen programa de
televisión, sino el mejor. Con tantos canales disponibles, podría
haber un programa mejor en otra parte.
5. Con las relaciones sentimentales hago como con la ropa: me gusta
probarme mucha antes de decidirme por una prenda concreta. Para
un maximizador, en algún sitio existe el amante perfecto, el amigo
perfecto. Aunque la relación actual no vaya mal, nunca se sabe lo
que puede ocurrir si uno va con los ojos bien abiertos.
6. A menudo me cuesta comprar un buen regalo a un amigo. Al
maximizador le resulta difícil porque en algún lugar existe el regalo
ideal.
7. Alquilar una película me resulta muy difícil. Tardo mucho en dar con
la más adecuada. En el videoclub existen miles de posibilidades.
Tiene que haber una que sea justo la adecuada para mi estado de
ánimo y para las personas con las que la voy a ver. Elegiré la mejor
entre las más recientes y luego miraré el resto de la tienda de arriba
abajo para ver si encuentro una antigua que sea todavía mejor.
8. Cuando voy de compras, me cuesta encontrar ropa que realmente me
guste. La única manera de que a un maximizador le «guste
realmente» una prenda de ropa es sabiendo que no existe una
alternativa mejor en alguna otra tienda.
9. Me son muy útiles las listas que hacen una clasificación de cosas
(mejores películas, mejores cantantes, mejores deportistas, mejores
novelas, etcétera). A las personas obsesionadas con encontrar lo
mejor les interesan mucho más las clasificaciones que a quienes se
conforman con lo bueno. (Quien haya leído la novela o haya visto la
película Alta Fidelidad habrá notado que esta tendencia puede
descontrolarse ampliamente. )
10. Escribir me cuesta mucho, incluso aunque sólo se trate de escribir
una carta a un amigo, porque es muy difícil encontrar las palabras
justas. Siempre preparo varios borradores incluso de las cosas más
sencillas. El maximizador puede sufrir un bloqueo creativo por puro
perfeccionismo.
11. Haga lo que haga, soy muy estricto conmigo mismo. Un
maximizador quiere hacerlo todo bien, lo que puede llevarle a la
autocrítica enfermiza.
12. Sólo me conformo con lo mejor. En este apartado, puede
desarrollarse una inercia de perfeccionismo y autocrítica.
13. A menudo fantaseo con vivir de un modo muy distinto al de mi vida
actual. El maximizador pasa más tiempo que el satisfactor pensando
en los «caminos no andados». Hay estanterías enteras llenas de libros
de autoayuda sobre los peligros de la filosofía del «tendría que
haber», «podría haber», «ojalá hubiera».
En otra encuesta, hacíamos varias preguntas para descubrir las tendencias
maximizadoras de los participantes. Como era de esperar, constatamos que:
1. Los maximizadores comparan más los productos entre sí que los
satisfactores, tanto antes como después de decidirse a hacer una
determinada compra.
2. Los maximizadores tardan más que los satisfactores en decidirse a
comprar algo.
3. Los maximizadores pasan más tiempo que los satísfactores
comparando sus compras con las compras de los demás.
4. Es probable que los maximizadores se arrepientan después de haber
hecho una compra.
5. Es probable que los maximizadores dediquen tiempo a plantearse
hipotéticas alternativas a las compras que ya han hecho.
6. Los maximizadores suelen mostrar poco convencimiento en cuanto a
las compras que hacen.
Tras ampliar la encuesta para incluir otras experiencias, descubrimos algo
aún más significativo sobre los maximizadores:
1. Disfrutan de los hechos positivos menos que los satisfactores y no
afrontan igual de bien (según admiten ellos mismos) los hechos
negativos.
2. Cuando les ocurre algo malo, tardan más en recuperarse del disgusto.
3. Tienden a cavilar o rumiar las cosas más que los satísfactores.
El precio de maximizar
Los problemas que plantea la sobreabundancia de opciones deberían ser
mucho peores para los maximizadores que para los satísfactores. En el caso
de un satisfactor, el número de opciones disponibles no tiene por qué
producir un impacto significativo en su capacidad para tomar decisiones. Si
examina un objeto y le parece suficientemente bueno para cumplir sus
expectativas, ya no seguirá mirando; por lo tanto, las incontables
posibilidades disponibles carecen de importancia para él. Sin embargo, en el
caso de un maximizador, cada opción puede atraparle en una maraña
interminable de ansiedad, remordimientos y dudas
¿Son, pues, menos felices los maximizadores que los satisfactores?
Intentamos responder a esta pregunta pidiendo a las mismas personas que
habían respondido a la Escala de Maximización que rellenaran una serie de
cuestionarios clásicos sobre el bienestar personal. Uno de ellos mide la
felicidad, y en una de sus secciones se pide al encuestado que se defina a sí
mismo en una escala que va desde «una persona no muy feliz» a «una
persona muy feliz». Otro mide el optimismo: en uno de sus apartados se
pregunta a los encuestados si «en los momentos de incertidumbre, confían
en que todo va a ir lo mejor posible». Otro es una Escala de Satisfacción
con la vida: en él se pregunta a los participantes en qué grado dirían que
«las condiciones de su vida son excelentes». El último cuestionario mide la
depresión, preguntando a los encuestados hasta qué punto estaban tristes,
cuánta satisfacción obtenían de una serie de actividades, cuánto les
interesaban las personas de su alrededor y qué opinaban de su propio
aspecto físico, entre otras cosas.
Nuestras expectativas se confirmaron: las personas con altos niveles de
maximización disfrutaban menos de la vida, eran menos felices, menos
optimistas y más depresivos que las personas con niveles más bajos de
maximización. De hecho, las personas con elevados niveles de
maximización —puntuaciones de 65 o más sobre 91— tenían grados de
depresión que las situaban al borde del caso clínico.
Pero debo hacer una importante advertencia: lo que estos estudios
demuestran es que ser un maximizador guarda correlación con la
infelicidad. No constatan que la maximización produzca infelicidad, porque
la correlación no necesariamente indica una causa y un efecto. Sin embargo,
estoy convencido de que la maximización es un factor importante en la
infelicidad de las personas y creo que aprender a sentirse satisfecho es un
paso importante no sólo para afrontar un mundo con una sobreabundancia
de opciones, sino simplemente para disfrutar de la vida
Maximización y arrepentimiento
Los maximizadores son mucho más susceptibles que los satis-factores a
sentir remordimiento en todos sus grados, sobre todo el llamado
«arrepentimiento del comprador». Si un satisfactor elige algo lo bastante
bueno para ajustarse a sus necesidades, es poco probable que le importe ver
algo mejor a la vuelta de la esquina. Pero a un maximizador semejante
descubrimiento puede producirle verdadera angustia. Pasará horas pensando
frases condicionales —«Si hubiera ido a ver una tienda más... »; «Si hubiera
leído Consumer Reports... »; «Si hubiera hecho caso a los consejos de
Jack... »—, y cada una de esos pensamientos reducirá el placer obtenido de
la compra causante de todo el problema.
Es difícil vivir la vida lamentando cada decisión que se toma porque tal
vez no haya sido la mejor posible. Yresulta obvio que si uno experimenta
arrepentimiento con cierta regularidad, éste le robará parte de la satisfacción
que las buenas decisiones merecen. Lo peor de todo es que un maximizador
puede arrepentirse incluso antes de tomar una decisión, pues ya se imagina
lo triste que se va a poner cuando descubra que había una mejor opción a su
disposición. Y esa escena imaginaria puede bastar para hundirle en una
ciénaga de inseguridad, incluso de sufrimiento, respecto a cada una de sus
futuras decisiones.
En el capítulo séptimo profundizo mucho más en este asunto, pero de
momento veamos la Escala del Arrepentimiento que desarrollamos junto
con nuestra Escala de Maximización.
Para completar esta escala se debe poner un número desde el 1
(discrepancia absoluta) hasta el 7 (acuerdo absoluto) junto a cada pregunta.
Después se deben restar 8 del número que se haya escrito junto a la primera
pregunta y sumar el resultado a los demás números. Cuanta mayor
puntuación obtengamos, más susceptibles seremos al arrepentimiento
Fuente:
Extracto libro:
La Paradoja de la Elección - Barry Schwartz
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